ENTREVISTA A  JOSÉ MARÍA AZNAR ,  PRESIDENTE DE LA FUNDACIÓN PARA EL ANÁLISIS Y LOS ESTUDIOS ESTRATÉGICOS

 

Por José Alejandro Vara/Mauricio Sánchez  en “La Razón” del 21.10.07

 

Por su interés y relevancia he seleccionado la entrevista que sigue para incluirla en este sitio web.

 

«La política española ha perdido la perspectiva y el sentido histórico; vive encadenada a la frivolidad»

 

El ex presidente del Gobierno publica «Cartas a un joven español», una provocativa reflexión sobre los valores

 

 
Madrid- El ex presidente del Gobierno no para de viajar. Apenas encuentra un hueco en su agenda internacional, en la que divulga los principios y valores que considera que en España han desaparecido, para promocionar su último libro («Cartas a un joven español», ed. Planeta), un texto que le ilusiona porque habla del fundamento de su ideario y de unas cuantas cuestiones que considera fundamentales. Entre avión y avión se sienta con LA RAZÓN a debatir sobre algunos temas que han polarizado la atención de la sociedad española en estos treinta años y que repasa en su obra con serenidad y una gran dosis de reflexión. Está preocupado por España pero se le nota un optimismo esperanzado ahora que hay un horizonte electoral.


   -Dice en su obra que quien busca vencer al terrorismo lo vence. Que defender la negociación es pensar que no se puede derrotar al terror. Estamos instalados en la idea de que al terrorismo no se le puede vencer y que de alguna manera hay que dialogar para que desaparezca.


  
 -Todo esto está basado en el presupuesto de que cualquier actitud que no sea aceptar las ideas contrarias es una equivocación. Sobre eso se vende la idea del diálogo y de la tolerancia. Es un completo error y una manipulación de las cosas. El terrorismo sólo puede ser derrotado si uno tiene la determinación de derrotarlo y de acabar con él. No se le derrota combatiendo sólo contra una parte, sino contra todo el terror. Son su estructura de comandos, es su ideología, son los medios que le ayudan, son los medios que los financian, son sus redes internacionales, son sus aparatos internos. Por eso no se puede avanzar si todo eso se combina con periodos de negociación y declaraciones del Estado de que la ley se aplica según las circunstancias o con la ilegalización de lo que estaba ilegalizado. Se transmiten mensajes de desconcierto. Con el terrorismo no se puede caer en el tacticismo. Pero el Estado y la Nación no pueden estar pendientes de eso. Tienen que actuar con todos los medios legítimos a su alcance para terminar con ellos. En esto no hay situación intermedia y dejarles el terreno abonado a la duda es dar cancha al terrorismo y dejar la ley sin aplicar debilita el Estado de derecho. Pero eso forma parte también de la falta de confianza de posibilidades en la nación española y en su historia.


   -Pero si el Estado no recurre a esos instrumentos, hay que abonarse al pesimismo.


 
  -Lo que hace falta es recuperar el optimismo y la confianza en España porque ha demostrado que es capaz de hacer cosas importantes. ¿Por qué un país que había tenido un éxito histórico razonable durante los últimos 30 años ha decidido poner en cuestión eso mismo? ¿Con qué mandato se hasta haciendo? ¿Cuáles son los objetivos y los resultados de esa estrategia? ¿Por qué lo que ha determinado ser los pilares básicos de una España democrática, en progreso, optimista, positiva se han torcido? ¿Es que sobre España pesa la maldición histórica de que cada 30 años tenemos que empezar a hacer las cosas mal? ¿Es que nos aburrimos de nosotros mismos? ¿Es que antes nos producía sana envidia el querer ser como los demás y en cambio ahora nos producen sana envidia las democracias que tienen 200 años? Hay tantas cosas que hacer que esta actitud de decir «tengo que hacer frivolidades», «tengo que cometer errores» creo que no es el sentimiento de la mayoría de los españoles. Lo que es preocupante es que la minoría que piensa así está imponiendo su visión al resto del país. Ahí debe comenzar la reacción del país.


   -¿Tanto cuesta cambiar esta percepción?


   -Claro que cuesta. Sobre todo cuando hay estrategias políticas basadas en eso, y cuando quien lo pone en cuestión es inmediatamente excluido.
   -Se insiste mucho en que vivimos en una España anestesiada, en una España indolente, algo adormilada. -Tenemos problemas porque se han cometido errores serios, pero creo que al mismo tiempo España tiene grandes posibilidades de futuro, si somos capaces de enderezar la situación. Mi estado de ánimo es de serena preocupación. Espero que cuando lleguen las elecciones, los españoles puedan y sepan reaccionar.

 

-Hay muchas referencias en el libro al pesimismo de Ortega, pero usted, sin embargo, se muestra muy esperanzado de que al final la sociedad española reaccione.


  
 -Mi política, especialmente en los años que tuve responsabilidad de Gobierno, siempre estuvo basada en el optimismo y en la confianza nacional. Confío en las posibilidades de España. Pero confío siempre que haya una política racional, creativa, generadora de unidad, cohesión y de oportunidades. No creo que el futuro se pueda conquistar desde la división, el pasado, la confrontación o en la falta de acuerdos. No creo que haya ninguna maldición histórica sobre España y creo que no la ha habido nunca. Por lo tanto, creo que los españoles somos capaces de hacer cosas muy buenas juntos. El asunto está en que tengamos la determinación de hacerlo.

 

-Y que no nos pongan muchos obstáculos. Como el nacionalismo, al que cataloga como enemigo de la libertad. Pero existe la noción ampliamente instalada de que hay nacionalismos buenos y malos; democráticos y no democráticos.


  
 -El nacionalismo en general es excluyente y normalmente sus prácticas políticas lo demuestran. La historia reciente de España, desde los pactos de la Transición, es justamente el decir que España reconoce su pluralidad, pero, al mismo tiempo, desde distintos territorios se reconoce una lealtad básica y esencial a la continuidad histórica de España. Ésa es la idea que la Constitución expresa de España como nación plural. Lo que estamos viviendo ahora es la ruptura de ese pacto y lo estamos viviendo de una manera muy paradójica, pero muy peligrosa porque yo entiendo, y además estoy dispuesto a defender su derecho a hacerlo, que un nacionalista ponga en cuestión la unidad de España, o que un secesionista apueste por la secesión. No lo comparto pero lo puedo entender. Lo que resulta inexplicable e incomprensible es que el Gobierno de la nación acepte eso, no solamente como su socio estratégico, sino que además acepte la idea de que lo que decida la parte es válido para el todo, y que en cambio en el todo, es decir, en la nación española, no tiene derecho a decidir sobre su propia continuidad. No creo que exista un precedente histórico en el mundo donde un Gobierno de la nación se convierte en agente para acabar con la propia existencia del Estado. La consecuencia es que uno de los grandes activos de la Transición se ha roto por un grave error del Gobierno y por una profunda deslealtad del nacionalismo. Si queremos reconstruir los equilibrios tenemos que hacer una apuesta seria de fortalecimiento del Estado, de recuperación de una política nacional vigorosa compatible con los acuerdos básicos que surgieron con la Transición.


   -¿Cómo se concreta ese giro? ¿Cuáles son los pasos imprescindibles?


 
  -Exige un programa político de reforma del Estado y grandes acuerdos políticos entre los grandes partidos de influencia nacional. Una nación no puede sobrevivir a un asalto permanente de los nacionalistas o a una deslealtad permanente del nacionalismo. Recuerdo que hablando una vez con un conspicuo nacionalista, Carlos Garaicoechea, explicaba que ellos nunca aceptarían las reglas de la Constitución española por una sencilla razón, porque querían la autodeterminación y la independencia y con las reglas de la Constitución no podrían conseguir su objetivo, ¿por qué?, porque votan la mayoría de los españoles. Ahora, con la cuestión del referéndum en el País Vasco, lo que estamos viviendo es que, como eso se sabe, se quiere que la decisión sea sólo de los nacionalistas y evitar ese problema. Esa postura puede ser más o menos comprensible. Pero que sea el Gobierno de la nación el que la comparte es un error espectacular. Si tú aceptas en el Estatuto de Cataluña que la parte decida porel todo. Si aceptas en las negociaciones con ETA lo que decidan ellos. Si aceptas incluso como se ha aceptado discutir en las Cortes Generales un plan manifiestamente ilegal y sedicioso y lo sometes a votación, no te puede extrañar que digan que te traigan primero un acuerdo entre vascos. ¿Qué quiere decir? ¿Que si usted me trae un acuerdo entre vascos los demás españoles no tienen derecho a opinar? Eso no tiene sentido. Todo esto imbuye una profunda preocupación a la mayoría de la sociedad española entre la cual me encuentro. Tengo una serena preocupación porque creo que hay cauces suficientes para la reacción y para enderezar la situación.


   -El nacionalismo enlaza con otra frase de su obra en la que critica «las ocurrencias» en la política. ¿Vivimos en un momento de frivolidad y de «pensamiento débil»?


  
 -En efecto. Estamos en un momento de grandes frivolidades porque se cree que las cosas y los actos no tienen consecuencias, que las ideas son inocuas, que da lo mismo una cosa que la contraria, que no merece la pena tener un sistema de valores y que no hay que defenderlos, que todo tiene el mismo valor y que al final nada tiene valor. Creo que la política española ha perdido la perspectiva, el sentido histórico y está encadenada en el cortoplacismo.