LA DECISIVA RECTA FINAL DE MARAGALL

 

Al candidato del PSC sólo le quedan cinco meses para rectificar y plantear más políticas de bienestar social que desbanquen a CiU

 

  Artículo de Francesc de Carreras, Catedrático de Derecho Constitucional de la Universitat Autónoma de Barcelona, en "El Periódico" del 2-7-03.


En las últimas elecciones autonómicas, Pasqual Maragall dejó escapar por los pelos la presidencia de la Generalitat. Pero perdió, aunque le costara aceptarlo. Y comenzó a desempeñar un papel que muchos diagnosticaron que no sabría interpretar: el de líder de la oposición a Jordi Pujol.
Pues bien, quienes así decían acertaron plenamente: Maragall ha hecho una mala oposición al Govern de Pujol, por diversas razones. Maragall es un tipo raro, un político atípico, que se explica mejor a través de la obra hecha que expresando ideas o formulando conceptos, que a menudo son ininteligibles, o bien aparecen como meros caprichos de un día que debe rectificar al siguiente. La palabra no es su fuerte.
En cambio, Maragall tiene un gran activo que es Barcelona: ahí demostró capacidad estratégica, liderazgo y, sobre todo, ideología socialista. Para que nos entendamos: las playas de Barcelona no se abrieron para la gente que vive alrededor del Turó Park y la transformación afectó más a Nou Barris o al Raval que a Pedralbes. Como debía ser en un socialista.

NO CONVIENEolvidar esta faceta de hombre de gobierno de Maragall y tras los años transcurridos parece que la vamos olvidando. Porque en la oposición parlamentaria de estos últimos años Maragall se ha dedicado más a filosofar que a hacer lo que debía: a criticar la obra de gobierno de la Generalitat y a dar alternativas de izquierdas --como hizo en Barcelona-- a la Catalunya pujolista.
La reforma del Estatut, el federalismo asimétrico, la España radial, la eurorregión mediterránea o --ya en el colmo del absurdo-- el socialismo de la Corona de Aragón, son ideas que interesan a muy pocos y, además, la mayoría de ellas suscitan el rechazo de muchos. Es decir, sus propuestas desde la oposición no sólo han sido escasamente entendidas, sino que no han entusiasmado a casi nadie, especialmente a casi nadie de los suyos.
Esto último ha sido, además, uno de los principales fallos de su labor de oposición: se ha preocupado más de intentar restar votos a CiU que de suscitar la adhesión de los electores de izquierda. Su discurso se ha dirigido más a sectores nacionalistas que se iban descolgando de Pujol, descontentos por el pacto con el PP, que a las tradicionales bases sociales de la izquierda catalana.


"El voto de estos últimos lo tengo asegurado", parecía decir Maragall. Y a mi modo de ver se equivocaba: muchos de ellos no ven a Maragall como uno de los suyos, sino como un Jordi Pujol bis. Que ello sea en el fondo injusto y equivocado es otra cosa: pero la percepción es ésta y el candidato socialista no ha hecho nada para rectificarla.


Las elecciones locales eran el test para ratificar que todo iba bien, que el camino maragalliano era el correcto. Pues bien, los resultados le han dado un toque para que comience a entender por dónde van las cosas.
Con su insistencia en reformar el Estatut lo único que ha logrado es que CiU, ERC e IC también hayan formulado el suyo, como era de prever más radicalmente nacionalista que la propuesta socialista. Con su voluntad de formar un Govern de izquierda plural, ha potenciado a ERC, un partido, sin duda, más nacionalista que de izquierdas y que puede dar de nuevo la mayoría a CiU en el Parlamento. Con su mensaje ideológico light y su insistencia en una política identitaria al estilo Pujol, se ha alejado de unas bases seguras en Barcelona y en el área metropolitana que pueden seguir, como es habitual en las autonómicas, absteniéndose.

El creciente y sereno poder de Montilla en el partido y el tíquet electoral conjunto con Manuela de Madre pueden lograr que Maragall recupere crédito ante los suyos y proponer en estos últimos cinco meses, en esa recta final decisiva, lo que no ha hecho en cuatro años: reformar la enseñanza pública, evitar la privatización de la sanidad, una política de infraestructuras que vaya más allá del AVE y el nuevo aeropuerto, servicios sociales, urbanismo, vivienda, etcétera. En definitiva, menos políticas de identidad y más políticas de bienestar social.
Sólo así pueden los socialistas ganar las elecciones y formar un gobierno para el cambio que, por supuesto, no lo será si Maragall necesita, para ser investido presidente, los votos del partido de Carod-Rovira.